Nunca pude elegir un solo camino. La curiosidad siempre fue más fuerte que el sentido común, y así fue como terminé aprendiendo cosas que no tienen nada que ver entre sí pero que de alguna manera extraña siempre terminaron conectándose. En el camino aparecieron personas extraordinarias — maestros que cambiaron la forma de ver el mundo, compañeros de cordada que se convierten en familia cuando el viento golpea fuerte en la montaña, un ingeniero de la NASA del otro lado de una conversación que no olvidás más, colegas que dejaron una marca real — y otras no tanto, que también enseñaron algo. Hubo cimas que costaron todo el cuerpo y toda la cabeza, rescates en la nieve donde el tiempo no perdona, la primera vez que despegás solo y entendés que el cielo es otra cosa completamente, proyectos tecnológicos que se cayeron a pedazos y otros que superaron cualquier expectativa, un café preparado con la presión exacta después de entender por qué esa presión importa, libros escritos en los momentos más difíciles, la adrenalina del salto y el silencio del aire. Cada disciplina abrió una puerta que la anterior no hubiera podido abrir. No tengo una explicación racional para haber recorrido todo esto. Solo la certeza de que cada experiencia, buena o brutal, fue parte de lo mismo.
